“Por mi parte, yo seguía con mis clases y progresaba en japonés tanto como podía. No tardé en conseguir que me miraran mal. Cada vez que un detalle me intrigaba, levantaba la mano. Los distintos profesores casi sufrían un ataque cardiaco cada vez que me veían levantar las falanges al cielo. Yo creía que se callaban para dejarme hablar y, con atrevimiento, planteaba mi pregunta, a la que respondían de un modo extrañamente insatisfactorio. La cosa duró hasta el día en el que, al observar mi gesto habitual, uno de los profesores empezó a gritarme con una excepcional violencia:
-¡Basta ya!
Me quedé paralizada, mientras los demás alumnos me miraban fijamente.
Después de la clase, fui a excusarme ante el profesor, sobre todo para saber qué crimen había cometido.
- No se le hacen preguntas al Sensei-me riñó el profesor.
- ¿Y su uno no entiende algo?
- ¡Lo entiende y punto!
Entonces supe por qué cojeaba la enseñanza de idiomas en Japón.”
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This post was written by NicoinTokio on February 24, 2009
